Te atendemos en Madrid (Hortaleza) | Cita: 650307536
Las rabietas pueden hacer que un momento cotidiano se convierta en una escena muy intensa en cuestión de segundos. A veces aparecen por algo que parece pequeño: apagar la televisión, ir a bañarse, recoger los juguetes, ponerse los zapatos o aceptar un límite.
Y, sin embargo, para el niño no es algo pequeño.
Muchas madres y padres viven estas situaciones con una mezcla de cansancio, frustración y culpa. Saben que gritar no ayuda, pero en medio del desborde no siempre es fácil mantener la calma. Por eso, más que buscar fórmulas mágicas, suele ser más útil entender qué está pasando y aprender una manera distinta de acompañarlo.
Aunque resultan difíciles, las rabietas forman parte del desarrollo infantil. En los primeros años, los niños todavía están aprendiendo a tolerar la frustración, a expresar lo que sienten y a regular emociones intensas como el enfado.
Eso significa que, muchas veces, no tienen todavía los recursos necesarios para gestionar lo que les pasa de una forma más tranquila.
La rabieta no suele ser un intento de manipular. Suele ser la expresión de una emoción que el niño todavía no sabe manejar bien.
Entender esto no implica permitirlo todo ni dejar de poner límites. Implica acompañar de una forma más útil y más respetuosa.
Detrás de una rabieta no solo hay una conducta. Hay cansancio, frustración, hambre, necesidad de conexión, dificultad para esperar o poca capacidad para aceptar un límite en ese momento.
Cuando el adulto solo ve “mal comportamiento”, es fácil responder desde la corrección inmediata. Pero cuando consigue ver la necesidad que hay debajo, cambia la forma de intervenir.
A veces la pregunta no es “¿cómo hago para que pare ya?”, sino “¿qué le está pasando ahora mismo?”.
Ese cambio de mirada ya ayuda mucho.
Acompañar una rabieta no significa ceder siempre. Los niños necesitan límites. Lo importante es cómo se sostienen esos límites.
Se puede decir que no con firmeza y calma al mismo tiempo.
Por ejemplo, en lugar de entrar en una lucha de poder, suele ayudar más usar frases breves, claras y tranquilas, como:
“Sé que estás enfadado.”
“No te gusta este límite.”
“Estoy aquí contigo.”
“No te voy a dejar pegar.”
“Cuando te calmes, seguimos.”
Cuando el adulto grita, amenaza o intenta razonar demasiado en pleno desborde, normalmente la rabieta escala más. En cambio, cuando sostiene el límite con menos intensidad, ayuda al niño a regularse mejor.
Durante una rabieta fuerte, el niño no suele estar disponible para escuchar explicaciones largas, sermones o razonamientos complejos.
En ese momento, menos suele ser más.
Lo más útil suele ser:
asegurar la seguridad,
mantener la presencia,
hablar con pocas palabras,
y esperar a que la intensidad baje.
Las explicaciones y el aprendizaje vienen después, no en el punto máximo del enfado.
Esto suele costar mucho, porque los adultos sentimos la urgencia de cortar la escena cuanto antes. Pero precisamente esa urgencia a veces empeora el momento.
Cuando el niño ya empieza a salir del desborde, poner palabras a lo que ha pasado puede ayudar mucho.
No se trata de analizar demasiado, sino de ofrecer una pequeña traducción emocional:
“Te enfadaste mucho porque querías seguir jugando.”
“Te dio rabia que te dijera que no.”
“Hoy estabas muy cansado y todo te costó más.”
Nombrar no elimina la emoción, pero ayuda a que el niño la vaya entendiendo poco a poco. Y cuando un niño comprende mejor lo que siente, poco a poco también puede empezar a regularse mejor.
La regulación emocional no se aprende en mitad del caos. Se aprende poco a poco, con repetición, acompañamiento y herramientas simples.
Por eso, cuando el niño ya está tranquilo, puede ser un buen momento para enseñarle un recurso concreto, adaptado a su edad. Por ejemplo:
respirar despacio,
poner las manos en la barriga,
soplar como si apagara una vela,
o imaginar que enfría su cuerpo como si bajara la temperatura de un volcán.
Las herramientas sencillas, visuales y repetibles suelen funcionar mucho mejor que las explicaciones abstractas.
Habrá días en los que te salga mejor y otros en los que no. Habrá momentos de paciencia y otros de cansancio. Eso forma parte de la realidad de cualquier familia.
Lo importante no es hacerlo perfecto. Lo importante es ir construyendo una forma de acompañar más consciente, más calmada y más útil.
A veces, pequeños cambios en la mirada y en la manera de responder pueden transformar mucho el clima en casa.
Si quieres una forma sencilla de abordar este tema con tu hijo, el cuento “Pedro y el volcán de la rabia” puede ser una buena herramienta para empezar a hablar sobre el enfado, las rabietas y la calma de una manera cercana y fácil de entender.
Puedes verlo aquí: Pedro y el volcán de la rabia
Cuando una familia necesita algo más
A veces las rabietas entran dentro de lo esperable. Pero en otras ocasiones son muy frecuentes, muy intensas o generan un gran desgaste en casa. Cuando una familia siente que necesita más apoyo, el acompañamiento psicológico puede ayudar mucho.
En AMRA Psicología trabajamos con niños, adolescentes y familias desde un enfoque cercano, respetuoso y adaptado a cada caso.
Puedes ver la información sobre terapia infantil y adolescentes aquí: Terapia infantil y adolescentes